Venezuela: La caja de Pandora:
Al igual que el estallido social en Argentina, la situación venezolana era altamente previsible. De hecho, hubo análisis estratégicos del proceso bolivariano desde mediados del año pasado que pronosticaron una posible pérdida del poder de la revolución en un lapso de seis a doce meses, a reserva de que se cambiara una serie de variables estratégicas dentro del proyecto de la revolución.
Dichos análisis – que los conspiradores antigubernamentales atribuyeron equivocadamente a la inteligencia cubana – fueron recibidos por muchos funcionarios del proceso con una actitud de incredulidad, que colindaba con la arrogancia intelectual y la ingenuosidad de los neófitos. Los argumentos falaces de la historia – que pueden ser mortales en la praxis política – se repitieron, como tantas veces se han repetido en la historia de los intentos de transformación de la realidad latinoamericana.
Cuando en el proceso democratizador de la Unidad Popular chilena, dirigido por Salvador Allende, se advertía sobre el peligro de un golpe militar, la respuesta se agotaba en la estereotipia de que el ejército chileno era institucional. No era golpista y reaccionario, como el argentino o las guardias pretorianas de Centroamérica. Tenía un ápice de verdad, esta afirmación, pero le olvidaba a los cuadros de la transformación pacífica que las Fuerzas Armadas son, sobre todo, una relación social que, como toda relación, se encuentra en constante cambio. De tal manera, que si los altos oficiales como el General Schneider se negaban en 1970 a dar el golpe de Estado – que el presidente estadounidense Richard Nixon y su cómplice, Henry Kissinger, trataron de materializar – no tenía la misma actitud la generalidad del año 1973 que encabezaba el rastrero Augusto Pinochet.
Decía el general mexicano Álvaro Obregón que ningún general resiste un cañonazo de 50 mil pesos. Esta sentencia puede ampliarse, agregando que un general de un ejército convencional tampoco resiste el bombardeo propagandístico prolongado de las jerarquías eclesiásticas, ni de sus creyentes esposas. Entre los confesionarios y los exclusivos circulos sociales de las damas de la alta oficialidad se generan tormentas eléctricas ideológicas que tienden a arrasar con todo lo que no se encuentra cobijado bajo el seguro techo de la santa trinidad terrenal: Dios, familia y propiedad. Pretender una transformación social profunda en estas condiciones, sin hacer un trabajo de concientización social y político constante dentro de las Fuerzas Armadas y, de igual importancia, con sus familiares, significa, en efecto, abrir la caja de Pandora.
Este trabajo no se hizo en Venezuela y las consecuencias se empiezan a ver. Aunque es difícil conocer con precisión la correlación de fuerzas dentro de las instituciones castrenses, en los análisis mencionados del año pasado se advertía ya, que la mayoría de la oficialidad en la Fuerza Aérea, la Marina y la Guardia Nacional, no estaba con el proyecto de transformación del presidente Hugo Chávez. Se advertía igualmente que cualquier cuartelazo o intento de golpe de Estado era el fin del proyecto,porque desalentaba a la inversión externa y daba al proyecto de desestabilización de Washington y Miami un pretexto propagandístico idóneo para una campaña de destrucción abierta.
Parece, que la respuesta gubernamental a este problema fue la convicción de que la hegemonía dentro del ejército era suficiente para asegurar el frente militar. Pero, al igual que en Chile se le olvidó al gobierno que los altos oficiales son:
Aunque es difícil hacer pronósticos en la política, es muy probable que el tiempo que le queda al gobierno para sellar nuevamente la caja de Pandora, no trasciende a las próximas tres semanas. Si las fuerzas bolivarianas no ejecutan dentro de este tiempo un plan maestro realista y audaz, capaz de conjurar a los demonios de la oligarquía nacional y del imperio, entonces la patria de Bolívar caerá una vez más en manos del entreguismo neoliberal, con consecuencias catastróficas para todos los procesos de liberación de Nuestra América.
Un intelectual letrado compararía a la Venezuela de hoy con la caja de Pandora, advirtiendo que nadie sabe qué furias y demonios están a punto de liberarse de ella. Una persona del pueblo expresaría lo mismo con una imagen más sencilla, diciendo que el país se ha convertido en una olla de presión que corre el peligro de estallar en cualquier momento. Cualquiera que sea el lenguaje usado, el mensaje es claro: el futuro de la revolución bolivariana pende de un hilo.
Un intelectual letrado compararía a la Venezuela de hoy con la caja de Pandora, advirtiendo que nadie sabe qué furias y demonios están a punto de liberarse de ella. Una persona del pueblo expresaría lo mismo con una imagen más sencilla, diciendo que el país se ha convertido en una olla de presión que corre el peligro de estallar en cualquier momento. Cualquiera que sea el lenguaje usado, el mensaje es claro: el futuro de la revolución bolivariana pende de un hilo.Al igual que el estallido social en Argentina, la situación venezolana era altamente previsible. De hecho, hubo análisis estratégicos del proceso bolivariano desde mediados del año pasado que pronosticaron una posible pérdida del poder de la revolución en un lapso de seis a doce meses, a reserva de que se cambiara una serie de variables estratégicas dentro del proyecto de la revolución.
Dichos análisis – que los conspiradores antigubernamentales atribuyeron equivocadamente a la inteligencia cubana – fueron recibidos por muchos funcionarios del proceso con una actitud de incredulidad, que colindaba con la arrogancia intelectual y la ingenuosidad de los neófitos. Los argumentos falaces de la historia – que pueden ser mortales en la praxis política – se repitieron, como tantas veces se han repetido en la historia de los intentos de transformación de la realidad latinoamericana.
Cuando en el proceso democratizador de la Unidad Popular chilena, dirigido por Salvador Allende, se advertía sobre el peligro de un golpe militar, la respuesta se agotaba en la estereotipia de que el ejército chileno era institucional. No era golpista y reaccionario, como el argentino o las guardias pretorianas de Centroamérica. Tenía un ápice de verdad, esta afirmación, pero le olvidaba a los cuadros de la transformación pacífica que las Fuerzas Armadas son, sobre todo, una relación social que, como toda relación, se encuentra en constante cambio. De tal manera, que si los altos oficiales como el General Schneider se negaban en 1970 a dar el golpe de Estado – que el presidente estadounidense Richard Nixon y su cómplice, Henry Kissinger, trataron de materializar – no tenía la misma actitud la generalidad del año 1973 que encabezaba el rastrero Augusto Pinochet.
Decía el general mexicano Álvaro Obregón que ningún general resiste un cañonazo de 50 mil pesos. Esta sentencia puede ampliarse, agregando que un general de un ejército convencional tampoco resiste el bombardeo propagandístico prolongado de las jerarquías eclesiásticas, ni de sus creyentes esposas. Entre los confesionarios y los exclusivos circulos sociales de las damas de la alta oficialidad se generan tormentas eléctricas ideológicas que tienden a arrasar con todo lo que no se encuentra cobijado bajo el seguro techo de la santa trinidad terrenal: Dios, familia y propiedad. Pretender una transformación social profunda en estas condiciones, sin hacer un trabajo de concientización social y político constante dentro de las Fuerzas Armadas y, de igual importancia, con sus familiares, significa, en efecto, abrir la caja de Pandora.
Este trabajo no se hizo en Venezuela y las consecuencias se empiezan a ver. Aunque es difícil conocer con precisión la correlación de fuerzas dentro de las instituciones castrenses, en los análisis mencionados del año pasado se advertía ya, que la mayoría de la oficialidad en la Fuerza Aérea, la Marina y la Guardia Nacional, no estaba con el proyecto de transformación del presidente Hugo Chávez. Se advertía igualmente que cualquier cuartelazo o intento de golpe de Estado era el fin del proyecto,porque desalentaba a la inversión externa y daba al proyecto de desestabilización de Washington y Miami un pretexto propagandístico idóneo para una campaña de destrucción abierta.
Parece, que la respuesta gubernamental a este problema fue la convicción de que la hegemonía dentro del ejército era suficiente para asegurar el frente militar. Pero, al igual que en Chile se le olvidó al gobierno que los altos oficiales son:
- sumamente conservadores, católicos y proestadounidenses y,
- que conceptualizan todo conflicto social en categorías de poder.
Aunque es difícil hacer pronósticos en la política, es muy probable que el tiempo que le queda al gobierno para sellar nuevamente la caja de Pandora, no trasciende a las próximas tres semanas. Si las fuerzas bolivarianas no ejecutan dentro de este tiempo un plan maestro realista y audaz, capaz de conjurar a los demonios de la oligarquía nacional y del imperio, entonces la patria de Bolívar caerá una vez más en manos del entreguismo neoliberal, con consecuencias catastróficas para todos los procesos de liberación de Nuestra América.
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